En línea con los principios universales de la ley de Murphy, el consejo de administración de Caixa Girona decidió esta semana decir digo donde había dicho Diego y romper el acuerdo de fusión que la unía a las cajas de Sabadell, Terrassa y Manlleu, dejando de paso con un palmo en las narices al conseller
Antoni Castells, el hombre que había apostado por un mapa de fusiones en clave estrictamente catalana y que tiene ahora ya tres ovejas descarriadas (Penedès, Laietana y Girona), y al gobernador del Banco de España,
Miguel Ángel Fernández Ordóñez, más duro en sus discursos que en sus acciones y que presenta a 3 meses y poco de que acabe el FROB un balance bastante pobre en el terreno de la reestructuración bancaria. ¿Por qué Caixa Girona ha dado un portazo tan inesperado casi en la misma iglesia? Sumen ustedes los siguientes ingredientes: una gran capacidad de maniobra del que fuera su presidente,
Arcadi Calzada; un pacto no explícito entre CiU y ERC y unas fuerte dosis de localismo en las principales fuerzas sociales. Ya sólo quedan dos preguntas: ahora qué y quién pagará la fiesta.